Un poco de ciencias sociales, para ti, que estas
en séptimo
(Documento
Nº 2)
© Autor-compilador: Miguel Antonio Quintana
Que
tal chicos y chicas de los grados séptimos de la España, reciban mi fraternal
saludo, en nombre del profesor Miguel Antonio Quintana.
Sin
lugar a dudas, ya habéis leído el boletín número 1(Plan de Aula),
correspondiente a las temáticas, competencias, evaluaciones, metodologías,
preguntas problematizado ras y demás pertinentes, a desarrollar durante el
primer periodo de 2015, en el Área de las Ciencias Sociales.
Así las cosas, me permito compartir con
ustedes, a manera de autor-compilador, los siguientes datos informativos, que
continuaran siendo de mucha utilidad, para acercarse creativamente a la
construcción de los plegables o carteleras, que hemos estado desarrollando en
el aula de clases.
En el
marco de todo lo anterior, debéis recordar, la pregunta problematizadora número
1(¿EL MESTIZAJE
AMERICANO SIRVIÓ PARA SOLUCIONAR LOS PROBLEMAS SOCIO-ÉTNICOS SURGIDOS EN LA
COLONIA O, POR EL CONTRARIO, SE AGUDIZARON LOS CONFLICTOS?), que guía este
ejercicio.
Después de este corto saludo y recordatorio,
os leo algunos apartes de la lectura que venís haciendo y que estáis
convirtiendo en gráficas, imágenes y un sinnúmero de ideas fantásticas, os
felicito por ello.
“En América,
por eso, las cuestiones referidas al debate de lo
indígena no pueden ser indagadas ni debatidas sino en relación con la colonialidad del patrón de poder que nos habita, y
sólo desde esa perspectiva, pues fuera de ella no tendrían sentido. Es decir,
la cuestión de lo indígena en América y en particular en América Latina, es una
cuestión de la colonialidad del patrón de poder
vigente, al mismo título que las categorías indio, negro, mestizo,
blanco.
En
consecuencia, no es complicado entender que en todos los contextos donde el
control inmediato del poder local no lo
tienen los blancos, ni lo europeo, el término
indígena no tiene la misma significación, ergo tampoco las mismas
implicaciones.
Así,
en el sureste de Asia, en India, Indonesia,
Filipinas, en los países situados en la antigua Indochina, quienes son identificados como indígenas y han terminado aceptando tal
identificación, así como quienes los identifican de ese modo, no mantienen para nada ninguna referencia con lo europeo,
con lo blanco, en suma con el colonialismo europeo. Allá los grupos o
poblaciones indígenas son aquellos que habitan las zonas más aisladas, más
pobres, por lo general en la floresta o en la tundra, cuyos principales
recursos de vida, a veces los únicos, son el bosque, la tierra, los ríos, y sus
respectivos habitantes, vegetales o animales.
Tales
poblaciones son oprimidas, discriminadas, despojadas de sus recursos, sobre
todo ahora en tiempos de la globalización,
por los otros grupos no blancos ni europeos (por lo mismo, tan nativos, aborígenes u
originarios como los otros) que en esos
países tienen hoy el control inmediato del poder, aunque sin duda asociados a
la burguesía global cuya hegemonía corresponde a los europeos y blancos.
En países como India, la clasificación de la población en
términos de castas, agrava la situación de los adivasi
(indígenas) y los vincula y equipara a los dalit (intocables), al imponerles un secular sistema
institucionalizado de discriminación y de opresión. Bajo el renovado dominio de
los brahmines y su fundamentalismo comunalista, esa situación es hoy aún peor y
más violenta. Las demandas de los indígenas del
sureste asiático son, pues, en todo lo fundamental, diferentes que los de sus
homónimos latinoamericanos. Sus movimientos
de resistencia son cada vez más amplios y organizados y los conflictos
regionales que ya producen irán en la misma dirección.
La
actual virulencia del chauvinismo fundamentalista del
“comunalismo” es una de sus claras señales.
LA
COLONIALIDAD DEL PODER Y LA CUESTIÓN NACIONAL EN AMÉRICA
Con
la derrota del colonialismo británico primero,
e ibérico después, en América se instala una
paradoja histórica específica: Estados
independientes articulados a sociedades coloniales.
Ciertamente
en el caso de Estados Unidos, la nacionalidad del nuevo
Estado correspondió a la de la mayoría de la población del nuevo país, que no
obstante su origen y filiación europea y blanca, con su victoria anticolonial
se otorga una nueva nacionalidad. La población negra, inicialmente la
única sometida a la colonialidad del nuevo poder dentro de las sociedades coloniales britano-estadounidenses, e
impedida de tener parte alguna en la generación y control del nuevo Estado, era minoritaria a pesar de su
importancia económica, como lo fue pronto la población
india que sobrevivió a su cuasi exterminio, a la conquista de sus
tierras y a su colonización, con posterioridad a la constitución del nuevo
país, de la nueva nación y de su nuevo Estado.
En el
caso de los países que se constituyen en la América,
que se desprenden del colonialismo ibérico, sea
en el área española o más tarde en la portuguesa, el
proceso es radicalmente diferente: los que logran asumir finalmente el
control del proceso estatal forman, de un lado, una
reducida minoría de origen europeo o blanca,
frente a la abrumadora mayoría de indios, de negros y de sus correspondientes
mestizos. De otro lado, los indios eran siervos
en su mayoría y los negros –salvo en el
Haití resultante de la primera gran revolución social y nacional americana del
periodo de la modernidad–, eran esclavos. Esto
es, esas poblaciones no sólo estaban legal y
socialmente impedidas de asumir alguna participación en la generación y en la
gestión del proceso estatal, en su condición de siervos y de esclavos,
sino que además no habían dejado de ser poblaciones colonizadas en tanto
indios, negros y mestizos y, en consecuencia, tampoco tenían opción alguna de
participar en el proceso estatal.
-Comparativamente,
¿que podríamos señalar, sobre el anterior, particular asunto?
LA
CUESTIÓN DE LA DEMOCRACIA Y EL PROBLEMA INDÍGENA
Esa
peculiar situación de la nueva sociedad excolonial no
quedó del todo oculta para una parte de los nuevos dueños del poder.
Inmediatamente después de la consolidación de la victoria anticolonial, al
promediar la segunda década del siglo XIX, en el área hispana ya está en debate
la cuestión del carácter del Estado y los
problemas de ciudadanía. Para los liberales,
en particular, eran demasiado visibles, por inmensas, las distancias entre sus modelos políticos entonces procedentes sobre todo del
discurso de la revolución liberal en Europa Occidental,
y las condiciones concretas de su puesta en práctica en esta América. Y la
población india será percibida pronto como un problema para la implantación del
moderno Estado- nación, para la modernización de
la sociedad, de la cultura. Así, en el debate político
latinoamericano se instala, desde la partida, lo que se denominó por
casi dos siglos el “problema indígena”. Se podría decir, en verdad, que tal problema indígena es coetáneo con la fundación de las
repúblicas iberoamericanas.
¿Por qué eran los indios un problema en el debate sobre la
puesta en práctica del moderno Estado-nación en esas nuevas repúblicas?
Fuera
de la colonialidad del poder en las nuevas
repúblicas, semejante problema no tendría sentido. En cambio, desde esa
perspectiva, los indios no eran solamente siervos, como eran esclavos
los negros. Eran, ante todo, “razas inferiores”. Y la idea de raza había sido
impuesta no solamente como parte de la materialidad de las relaciones sociales –como era el caso de la
esclavitud o de la servidumbre, lo que, en consecuencia, puede cambiar– sino
como parte de la materialidad de la propia gente, como era, precisamente, el
caso con los indios, con los negros, con los blancos. Y en este nivel, por lo tanto,
no habían cambios posibles. Y este era, exactamente el problema
indígena: no era suficiente quitar a los indios el peso de las formas no
salariales de división del trabajo, como la
servidumbre, para hacerlos iguales a los demás, como había sido posible en
Europa con los siervos en el curso de las revoluciones liberales. O las marcas del colonialismo tradicional, como el “tributo indígena”, para descolonizar las
relaciones de dominación, como había ocurrido al ser derrotados o desintegrados
los colonialismos anteriores. Y, encima, los sectores
hegemónicos dentro de la fauna dominante se oponían con todas sus
fuerzas a la eliminación del tributo, pero
sobre todo de la servidumbre.
¿Quién trabajaría entonces para los dueños del poder? Y
era precisamente el argumento racial el
instrumento, explícito o sobreentendido, para la defensa de los intereses
sociales de los dominadores.
El
problema indígena se convirtió en un auténtico incordio político y teórico en
América Latina. Para ser resuelto requería, simultáneamente, ya que por su
naturaleza el cambio en una de las dimensiones implicaba el de cada una de las
otras: 1) la descolonización de las relaciones políticas dentro del Estado; 2)
la subversión radical de las condiciones de explotación y el término de la
servidumbre; y 3) como condición y punto de partida, la descolonización de las
relaciones de dominación social, la expurgación de “raza” como la forma
universal y básica de clasificación social.
En
otros términos, la solución efectiva del problema indígena
implicaba la subversión y desintegración
del entero patrón de poder. Y dadas las relaciones de fuerzas sociales y políticas del periodo, no era
en consecuencia factible la solución real y definitiva del problema, ni
siquiera parcialmente. Por eso, con el “problema
indígena” se constituyó el nudo histórico específico, no desatado hasta hoy,
que ata el movimiento histórico de América Latina: el des-encuentro entre
nación, identidad y democracia.
De
otro lado, la independencia política frente a
España o Portugal, bajo la dirección y el control de los blancos o europeos, no
significó la independencia de estas sociedades de la hegemonía del
eurocentrismo. En muchos sentidos, por el contrario, llevó al
acrecentamiento de dicha hegemonía, precisamente porque el eurocentrismo del
patrón de poder implicó que mientras en Europa Occidental la modernidad fuera
impregnando no sólo el pensamiento sino las prácticas sociales, en esta América
la modernidad fuera arrinconada en los ámbitos ideológicos de la subjetividad,
sobre todo en la ideología del “progreso”, y ésta, por supuesto, más bien entre
grupos minoritarios entre los sectores dominantes y entre los primeros y
reducidos grupos de capas medias intelectuales.
¿DEMOCRACIA
Y MODERNIDAD SIN REVOLUCIÓN?
Ese
es el contexto que permite explicar y dar sentido a un fenómeno político peculiar, quizá, de la América Latina: la
idea de que es posible alcanzar o establecer la modernidad y la democracia en
estos países, sin tener que pasar por ninguna revolución del poder, o por lo
menos de cambios radicales en los principales ámbitos del poder. De ese modo, la modernidad y la democracia
aquí tuvieron, tienen aún, el lugar y el papel de un espejismo político:
puesto que existen en otros espacios, la retina liberal puede copiar sus
imágenes en el horizonte ideológico del desierto territorio político y social
latinoamericano. Tal espejismo político fascina aún a una parte principal del
espectro político latinoamericano, del cual no están libres, tampoco, los que
imaginan la revolución latinoamericana como reproducción de la experiencia
eurocéntrica. El eurocentrismo cobra aquí todas sus consecuencias.
En
ésta, que produjo la democracia liberal, las
relaciones de poder social se han constituido no solamente como expresión del
capital y de la centralidad de Europa en el heterogéneo
universo capitalista, sino también –y para las necesidades de la
democracia liberal, sobre todo– como expresión de una relativamente amplia, si
no exactamente democrática, distribución de
recursos de producción, de ingresos, de mercado interno, de instituciones, de
organización y de representación. En los países “centrales” regidos por
la democracia liberal, eso es resultado de una centuria de revoluciones liberal-burguesas,
o de procesos equivalentes.
Pero
tales procesos no sólo no tuvieron lugar, sino que no podían tener lugar en
América Latina. Pues no se trata, obviamente, sólo de la persistencia aquí de
la esclavitud, de la servidumbre, de la limitada producción
industrial, etcétera, producida por la distribución de poder en el
universo capitalista y el proceso de eurocentramiento de su control.
Se trata ante todo de que la ciudadanía liberal fue,
aún es en rigor, una aspiración imposible para la inmensa mayoría de la
población, formada por “razas inferiores”, esto es por no-iguales a los demás.
“La
colonialidad del poder implica que toda o parte de las
poblaciones no blancas no puede consolidarse en su ciudadanía sin originar
enormes y graves conflictos sociales [...] el actual movimiento indígena
es la más definida señal de que la colonialidad del poder está en la más grave
de sus crisis desde su constitución hace 500 años”.
Respecto
del lugar de la población india en el posible futuro democrático, el único
cambio importante que pudo ser admitido ya tarde en el siglo XIX y que ha sido,
entrecortadamente, puesto en práctica en el siglo XX, es la “europeización” de la subjetividad de los indios,
como un modo de su “modernización”.
El movimiento
intelectual llamado “indigenista” en América Latina, con ramificaciones
en las artes visuales y en la escritura literaria, fue, sin duda, la más
acabada encarnación de esa propuesta. La
colonialidad de semejante idea es, sin embargo, patente, pues se funda en la
imposibilidad de admitir, de imaginar siquiera, la posibilidad de una descolonización de las relaciones entre lo indio y lo
europeo, ya que, por definición, lo indio no
es solamente “inferior”, sino también primitivo (arcaico, dicen ahora),
es decir, por partida doble inferior, ya que anterior a lo europeo, en una
supuesta línea de evolución histórica de la especie,
concebida según el desplazamiento del tiempo que se hizo inherente a la perspectiva eurocéntrica de conocimiento. Ya que
no era posible “ablandarlos” a todos en términos raciales, a pesar de la
intensa práctica de “mestizaje” que cubre la historia
de las razas en América Latina, se concluyó que, en todo caso, era
viable y tenía sentido “europeizarlos” subjetivamente, culturalmente si se
quiere.
No
será necesario detenerse mucho aquí en lo muy conocido. Las políticas de los
dominantes para enfrentar ese problema fueron principalmente dos en América,
aunque practicadas con muy diversas variantes entre países y entre momentos
históricos. De una parte, el virtual exterminio de
los indios y la conquista de sus territorios en todos los países en los
cuales los dominadores, liberales y conservadores por
igual, concluyeron pronto que ninguna des-indianización, como europeización,
era viable. Así ocurrió en Estados Unidos, Argentina, Uruguay, Chile. De otra
parte, el asimilacionismo cultural y político en
México-Centro América y en los Andes.
¿Por
qué la diferencia? Principalmente, sin duda, porque en esos últimos países la población india es no solamente mayoritaria sino,
sobre todo, a diferencia de la de los otros países, socialmente disciplinada en
el trabajo organizado dentro de un sistema
de dominación y de explotación. Estos países, como México
y Perú, fueron precisamente las sedes centrales
del imperio colonial español, mientras Argentina, Chile y Uruguay fueron
marginales antes de mediados del siglo XVIII.
El asimilacionismo cultural es la política que se ha
procurado sostener desde el Estado, por
medio del sistema institucionalizado de educación
pública. La estrategia, por lo tanto, ha consistido y consiste en una asimilación de los indios en la cultura de los
dominadores, que suele ser también mentada como la “cultura nacional”, mediante la educación escolar
formal, sobre todo, pero también por el trabajo de instituciones religiosas y
militares. Por eso, en todos estos países, el
sistema educativo pasó a ocupar un lugar central en las relaciones entre indio
y no indio, fue inclusive mistificada y mitificada en ambas partes, y no
hay duda de que en países como México o Perú, más en el primero después de la Revolución Mexicana, de todos modos en ambos más
que en los otros países, fue un mecanismo de desindianización subjetiva,
cultural si se quiere, de una parte no desdeñable de la población india.
TRAYECTORIA
DEL ACTUAL MOVIMIENTO INDÍGENA
En la
partida es pertinente hacer notar que el actual
movimiento indígena es la más definida señal de que la colonialidad del
poder está en la más grave de sus crisis desde su constitución hace 500 años.
Por
supuesto, las poblaciones sobrevivientes de las derrotadas sociedades e
identidades históricas anteriores, no aceptaron inmediatamente nombrarse indias. Algunas
resistieron admitir la derrota y la desintegración de sus sociedades y de sus
identidades históricas durante todo un medio siglo, como una parte de los incas del Cusco. Todavía hoy muchos grupos
reivindican o vuelven a reivindicar los nombres particulares de sus antiguas
identidades históricas (hoy colonialistamente admitidas apenas como
“etnicidades”).
Y es
probable que en adelante varios otros nombres regresen a la nomenclatura de
esas poblaciones, e inclusive que la hoy tan extendida tentación identitaria
lleve a que sean reinventadas algunas identidades para ser recubiertas por
esos nombres.
Empero,
la consolidación, el desarrollo y la expansión
mundial de la Colonialidad del Poder probaron ser procesos de excepcional
vitalidad histórica. Pudieron sobrevivir algunos de sus nombres y
jirones de sus memorias históricas, pero todas aquellas sociedades e
identidades, o peoplehoods, terminaron desintegradas y sus poblaciones
sobrevivientes y sus descendientes admitieron esa derrota y la nueva común
identidad colonial, la cual, obviamente, ya no implicaba ningún peoplehood. Trescientos
años después de la Conquista, al comenzar el
periodo republicano, todas eran indias. Y
durante los dos siglos siguientes, esa identidad colonial se mantuvo. Podría
decirse, sin arriesgar mucho, que para una parte mayoritaria de esas
poblaciones, esa identidad había terminado
siendo admitida como natural.
Sus
dos primeros grandes momentos de crisis fueron, primero, la revolución de Tupaj Amaru en el Virreinato del Perú,
en 1780, que fue derrotada, pero dejó graves secuelas para el destino
del poder colonial y poscolonial. El segundo
fue la revolución en Haití, en 1804, bajo la
conducción de Toussaint Louverture, sin duda la primera gran revolución
global del periodo de la colonialmodernidad, que al mismo tiempo, en el mismo movimiento histórico, produjo una victoriosa subversión social (esclavos contra amos),
anticolonial (derrota del colonialismo francés),
nacional (formación de la nacionalidad
haitiana), y una de porte global, el primer momento de la desintegración de la
colonialidad del poder (negros contra blancos). Los posteriores avatares del
proceso haitiano, de sobra conocidos, mellaron las potencialidades de la
revolución, pero no disminuyen el significado
histórico de aquella gesta excepcional.
Es
necesario tener en cuenta, a este respecto, que bajo el Estado Oligárquico la abrumadora mayoría de la población
llamada india en América Latina era rural, aunque en la ciudad como en el
campo, el régimen de dominación del cual
eran víctimas era señorial. Esto es, la condición social de la mayoría de los indios era la
servidumbre, doméstica en las ciudades y agrario-doméstica en el campo.
La cuasi universal servidumbre de los indios fue
consecuencia del despojo continuo de sus tierras en favor de los no-indios,
desde el comienzo mismo de la era republicana.
Durante la Colonia, junto con la eliminación formal del sistema de encomienda, y como un modo de control de las
poblaciones indias, la corona dispuso que se les otorgasen tierras
para sembrar y para residir, como zonas de exclusiva propiedad y residencia
indias.
La
extensión de esas tierras fue diversa según las zonas. Pero no fue poca en
ningún caso. En el Perú fueron muy extensas y en Bolivia aún mucho más. Tras la
derrota de los españoles, Simón Bolívar decretó para
todo el exvirreynato del Perú, que las tierras de las comunidades indígenas fueran
privatizadas y mercantilizadas. Sin embargo, durante la mayor parte del siglo XIX, las comunidades indígenas de las repúblicas andinas, mantuvieron el control de la
mayor parte de las tierras que les fueron adjudicadas durante el Virreinato.
El despojo recomenzó a fines de ese siglo, como una de las
consecuencias de la apropiación de minas, plantaciones y haciendas por parte
del capital estadounidense.
Y se
acentuó y expandió en las tres primeras décadas del siglo XX, reprimida y
derrotada sangrientamente la resistencia del
campesinado indígena, forzando a la mayoría de las poblaciones indias a
someterse a la servidumbre. Lo que se ha
denominado el Estado Oligárquico, basado en las relaciones
de dominación inherentes a la colonialidad del poder, fue fortalecido en
esos procesos. En México la resistencia del campesinado indígena convergió con
la disputa por el control del poder en el seno la propia burguesía y de las capas
medias, dando lugar a la Revolución Mexicana.”
GLOSARIO
Indígena : Persona
perteneciente a un grupo caracterizado por rasgos culturales de origen
prehispánico y con una economía de autoconsumo, en áreas previamente
establecidas.
Afrocolombiano:
persona
que presenta una ascendencia africana reconocida y que poseen algunos rasgos
culturales que les da singularidad como grupo humano, comparten una tradición y
conservan costumbres propias que revelan una identidad que la distinguen de
otros grupos, independientemente de que vivan en el campo ó en la ciudad.
También son conocidos como pobación negra, afrodescendientes, entre otros.
Etnia: grupo
humano que comparte y reconoce como propias ciertas características culturales
específicas, que
determinan
su identidad (ethos) frente a otros colectivos.
Pertenencia
étnica: es
la pertenencia de las personas a uno de los grupos étnicos reconocidos en el
país los cuales tienen un conjunto de
características socioeconómicas y culturales como el idioma, la cosmovisión,
formas de producción, relaciones de parentesco, etc., frente a grupos con
particularidades diferentes.
Material
usado sin ánimo de lucro.
Ciberbibliografía
1. Quijano, Aníbal. EL “MOVIMIENTO INDÍGENA” y
las cuestiones pendientes en América Latina.
2. Departamento Administrativo
Nacional de Estadística (DANE). La
visibilización estadística de los grupos étnicos colombianos.
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