domingo, 1 de febrero de 2015

Un poco de ciencias sociales, para ti, que estas en séptimo

Un poco de ciencias sociales, para ti, que estas en séptimo
(Documento Nº  2)
                                 © Autor-compilador: Miguel Antonio Quintana                                                     

   Que tal chicos y chicas de los grados séptimos de la España, reciban mi fraternal saludo, en nombre del profesor Miguel Antonio Quintana.

   Sin lugar a dudas, ya habéis leído el boletín número 1(Plan de Aula), correspondiente a las temáticas, competencias, evaluaciones, metodologías, preguntas problematizado ras y demás pertinentes, a desarrollar durante el primer periodo de 2015, en el Área de las Ciencias Sociales.

   Así las cosas, me permito compartir con ustedes, a manera de autor-compilador, los siguientes datos informativos, que continuaran siendo de mucha utilidad, para acercarse creativamente a la construcción de los plegables o carteleras, que hemos estado desarrollando en el aula de clases.
 
  En el marco de todo lo anterior, debéis recordar, la pregunta problematizadora número 1(¿EL MESTIZAJE AMERICANO SIRVIÓ PARA SOLUCIONAR LOS PROBLEMAS SOCIO-ÉTNICOS SURGIDOS EN LA COLONIA O, POR EL CONTRARIO, SE AGUDIZARON LOS CONFLICTOS?), que guía este ejercicio.

 Después de este corto saludo y recordatorio, os leo algunos apartes de la lectura que venís haciendo y que estáis convirtiendo en gráficas, imágenes y un sinnúmero de ideas fantásticas, os felicito por ello.

  “En América, por eso, las cuestiones referidas al debate de lo indígena no pueden ser indagadas ni debatidas sino en relación con la colonialidad del patrón de poder que nos habita, y sólo desde esa perspectiva, pues fuera de ella no tendrían sentido. Es decir, la cuestión de lo indígena en América y en particular en América Latina, es una cuestión de la colonialidad del patrón de poder vigente, al mismo título que las categorías indio, negro, mestizo, blanco.

   En consecuencia, no es complicado entender que en todos los contextos donde el control inmediato del poder local no lo tienen los blancos, ni lo europeo, el término  indígena no tiene la misma significación, ergo tampoco las mismas implicaciones.

   Así, en el sureste de Asia, en India, Indonesia, Filipinas, en los países situados en la antigua Indochina, quienes son identificados como indígenas y han terminado aceptando tal identificación, así como quienes los identifican de ese modo, no mantienen para nada ninguna referencia con lo europeo, con lo blanco, en suma con el colonialismo europeo. Allá los grupos o poblaciones indígenas son aquellos que habitan las zonas más aisladas, más pobres, por lo general en la floresta o en la tundra, cuyos principales recursos de vida, a veces los únicos, son el bosque, la tierra, los ríos, y sus respectivos habitantes, vegetales o animales.

    Tales poblaciones son oprimidas, discriminadas, despojadas de sus recursos, sobre todo ahora en tiempos de la globalización, por los otros grupos no blancos ni europeos (por lo mismo, tan nativos, aborígenes u originarios como los otros) que en esos países tienen hoy el control inmediato del poder, aunque sin duda asociados a la burguesía global cuya hegemonía corresponde a los europeos y blancos.

   En países como India, la clasificación de la población en términos de castas, agrava la situación de los adivasi (indígenas) y los vincula y equipara a los dalit (intocables), al imponerles un secular sistema institucionalizado de discriminación y de opresión. Bajo el renovado dominio de los brahmines y su fundamentalismo  comunalista, esa situación es hoy aún peor y más violenta. Las demandas de los indígenas del sureste asiático son, pues, en todo lo fundamental, diferentes que los de sus homónimos latinoamericanos. Sus movimientos de resistencia son cada vez más amplios y organizados y los conflictos regionales que ya producen irán en la misma dirección.

   La actual virulencia del chauvinismo fundamentalista del “comunalismo” es una de sus claras señales.
LA COLONIALIDAD DEL PODER Y LA CUESTIÓN NACIONAL EN AMÉRICA

   Con la derrota del colonialismo británico primero, e ibérico después, en América se instala una paradoja histórica específica: Estados independientes articulados a sociedades coloniales.

   Ciertamente en el caso de Estados Unidos, la nacionalidad del nuevo Estado correspondió a la de la mayoría de la población del nuevo país, que no obstante su origen y filiación europea y blanca, con su victoria anticolonial se otorga una nueva nacionalidad. La población negra, inicialmente la única sometida a la colonialidad del nuevo poder dentro de las sociedades coloniales britano-estadounidenses, e impedida de tener parte alguna en la generación y control del nuevo Estado, era minoritaria a pesar de su importancia económica, como lo fue pronto la población india que sobrevivió a su cuasi exterminio, a la conquista de sus tierras y a su colonización, con posterioridad a la constitución del nuevo país, de la nueva nación y de su nuevo Estado.

   En el caso de los países que se constituyen en la América, que se desprenden del colonialismo ibérico, sea en el área española o más tarde en la portuguesa, el proceso es radicalmente diferente: los que logran asumir finalmente el control del proceso estatal forman, de un lado, una reducida minoría de origen europeo o blanca, frente a la abrumadora mayoría de indios, de negros y de sus correspondientes mestizos. De otro lado, los indios eran siervos en su mayoría y los negros –salvo en el Haití resultante de la primera gran revolución social y nacional americana del periodo de la modernidad–, eran esclavos. Esto es, esas poblaciones no sólo estaban legal y socialmente impedidas de asumir alguna participación en la generación y en la gestión del proceso estatal, en su condición de siervos y de esclavos, sino que además no habían dejado de ser poblaciones colonizadas en tanto indios, negros y mestizos y, en consecuencia, tampoco tenían opción alguna de participar en el proceso estatal.

-Comparativamente, ¿que podríamos  señalar,  sobre el anterior, particular asunto?

LA CUESTIÓN DE LA DEMOCRACIA Y EL PROBLEMA INDÍGENA

     Esa peculiar situación de la nueva sociedad excolonial no quedó del todo oculta para una parte de los nuevos dueños del poder. Inmediatamente después de la consolidación de la victoria anticolonial, al promediar la segunda década del siglo XIX, en el área hispana ya está en debate la cuestión del carácter del Estado y los problemas de ciudadanía. Para los liberales, en particular, eran demasiado visibles, por inmensas, las distancias entre sus modelos políticos entonces procedentes sobre todo del discurso de la revolución liberal en Europa Occidental, y las condiciones concretas de su puesta en práctica en esta América. Y la población india será percibida pronto como un problema para la implantación del moderno Estado- nación, para la modernización de la sociedad, de la cultura. Así, en el debate político latinoamericano se instala, desde la partida, lo que se denominó por casi dos siglos el “problema indígena”. Se podría decir, en verdad, que tal problema indígena es coetáneo con la fundación de las repúblicas iberoamericanas.

¿Por qué eran los indios un problema en el debate sobre la puesta en práctica del moderno Estado-nación en esas nuevas repúblicas?

  Fuera de la colonialidad del poder en las nuevas repúblicas, semejante problema no tendría sentido. En cambio, desde esa perspectiva, los indios no eran solamente siervos, como eran esclavos los negros. Eran, ante todo, “razas inferiores”. Y la idea de raza había sido impuesta no solamente como parte de la materialidad de las relaciones sociales –como era el caso de la esclavitud o de la servidumbre, lo que, en consecuencia, puede cambiar– sino como parte de la materialidad de la propia gente, como era, precisamente, el caso con los indios, con los negros, con los blancos. Y en este nivel, por lo tanto, no habían cambios posibles. Y este era, exactamente el problema indígena: no era suficiente quitar a los indios el peso de las formas no salariales de división del trabajo, como la servidumbre, para hacerlos iguales a los demás, como había sido posible en Europa con los siervos en el curso de las revoluciones liberales. O las marcas del colonialismo tradicional, como el “tributo indígena”, para descolonizar las relaciones de dominación, como había ocurrido al ser derrotados o desintegrados los colonialismos anteriores. Y, encima, los sectores hegemónicos dentro de la fauna dominante se oponían con todas sus fuerzas a la eliminación del tributo, pero sobre todo de la servidumbre.

¿Quién trabajaría entonces para los dueños del poder? Y era precisamente el argumento racial el instrumento, explícito o sobreentendido, para la defensa de los intereses sociales de los dominadores.

   El problema indígena se convirtió en un auténtico incordio político y teórico en América Latina. Para ser resuelto requería, simultáneamente, ya que por su naturaleza el cambio en una de las dimensiones implicaba el de cada una de las otras: 1) la descolonización de las relaciones políticas dentro del Estado; 2) la subversión radical de las condiciones de explotación y el término de la servidumbre; y 3) como condición y punto de partida, la descolonización de las relaciones de dominación social, la expurgación de “raza” como la forma universal y básica de clasificación social.

  En otros términos, la solución efectiva del problema indígena implicaba la subversión  y desintegración del entero patrón de poder. Y dadas las relaciones de fuerzas sociales y políticas del periodo, no era en consecuencia factible la solución real y definitiva del problema, ni siquiera parcialmente. Por eso, con el “problema indígena” se constituyó el nudo histórico específico, no desatado hasta hoy, que ata el movimiento histórico de América Latina: el des-encuentro entre nación, identidad y democracia.

  De otro lado, la independencia política frente a España o Portugal, bajo la dirección y el control de los blancos o europeos, no significó la independencia de estas sociedades de la hegemonía del eurocentrismo. En muchos sentidos, por el contrario, llevó al acrecentamiento de dicha hegemonía, precisamente porque el eurocentrismo del patrón de poder implicó que mientras en Europa Occidental la modernidad fuera impregnando no sólo el pensamiento sino las prácticas sociales, en esta América la modernidad fuera arrinconada en los ámbitos ideológicos de la subjetividad, sobre todo en la ideología del “progreso”, y ésta, por supuesto, más bien entre grupos minoritarios entre los sectores dominantes y entre los primeros y reducidos grupos de capas medias intelectuales.

¿DEMOCRACIA Y MODERNIDAD SIN REVOLUCIÓN?

   Ese es el contexto que permite explicar y dar sentido a un fenómeno político  peculiar, quizá, de la América Latina: la idea de que es posible alcanzar o establecer la modernidad y la democracia en estos países, sin tener que pasar por ninguna revolución del poder, o por lo menos de cambios radicales en los principales ámbitos del poder. De ese modo, la modernidad y la democracia aquí tuvieron, tienen aún, el lugar y el papel de un espejismo político: puesto que existen en otros espacios, la retina liberal puede copiar sus imágenes en el horizonte ideológico del desierto territorio político y social latinoamericano. Tal espejismo político fascina aún a una parte principal del espectro político latinoamericano, del cual no están libres, tampoco, los que imaginan la revolución latinoamericana como reproducción de la experiencia eurocéntrica. El eurocentrismo cobra aquí todas sus consecuencias.

  En ésta, que produjo la democracia liberal, las relaciones de poder social se han constituido no solamente como expresión del capital y de la centralidad de Europa en el heterogéneo universo capitalista, sino también –y para las necesidades de la democracia liberal, sobre todo– como expresión de una relativamente amplia, si no exactamente democrática, distribución de recursos de producción, de ingresos, de mercado interno, de instituciones, de organización y de representación. En los países “centrales” regidos por la democracia liberal, eso es resultado de una centuria de revoluciones liberal-burguesas, o de procesos equivalentes.

  Pero tales procesos no sólo no tuvieron lugar, sino que no podían tener lugar en América Latina. Pues no se trata, obviamente, sólo de la persistencia aquí de la esclavitud, de la servidumbre, de la limitada producción industrial, etcétera, producida por la distribución de poder en el universo capitalista y el proceso de eurocentramiento de su control.

 Se trata ante todo de que la ciudadanía liberal fue, aún es en rigor, una aspiración imposible para la inmensa mayoría de la población, formada por “razas inferiores”, esto es por no-iguales a los demás.

“La colonialidad del poder implica que toda o parte de las poblaciones no blancas no puede consolidarse en su ciudadanía sin originar enormes y graves conflictos sociales [...] el actual movimiento indígena es la más definida señal de que la colonialidad del poder está en la más grave de sus crisis desde su constitución hace 500 años”.

   Respecto del lugar de la población india en el posible futuro democrático, el único cambio importante que pudo ser admitido ya tarde en el siglo XIX y que ha sido, entrecortadamente, puesto en práctica en el siglo XX, es la “europeización” de la subjetividad de los indios, como un modo de su “modernización”.

 El movimiento intelectual llamado “indigenista” en América Latina, con ramificaciones en las artes visuales y en la escritura literaria, fue, sin duda, la más acabada encarnación de esa propuesta.  La colonialidad de semejante idea es, sin embargo, patente, pues se funda en la imposibilidad de admitir, de imaginar siquiera, la posibilidad de una descolonización de las relaciones entre lo indio y lo europeo, ya que, por definición, lo indio no es solamente “inferior”, sino también primitivo (arcaico, dicen ahora), es decir, por partida doble inferior, ya que anterior a lo europeo, en una supuesta línea de evolución histórica de la especie, concebida según el desplazamiento del tiempo que se hizo inherente a la perspectiva eurocéntrica de conocimiento. Ya que no era posible “ablandarlos” a todos en términos raciales, a pesar de la intensa práctica de “mestizaje” que cubre la historia de las razas en América Latina, se concluyó que, en todo caso, era viable y tenía sentido “europeizarlos” subjetivamente, culturalmente si se quiere.

  No será necesario detenerse mucho aquí en lo muy conocido. Las políticas de los dominantes para enfrentar ese problema fueron principalmente dos en América, aunque practicadas con muy diversas variantes entre países y entre momentos históricos. De una parte, el virtual exterminio de los indios y la conquista de sus territorios en todos los países en los cuales los dominadores, liberales y conservadores por igual, concluyeron pronto que ninguna des-indianización, como europeización, era viable. Así ocurrió en Estados Unidos, Argentina, Uruguay, Chile. De otra parte, el asimilacionismo cultural y político en México-Centro América y en los Andes.

   ¿Por qué la diferencia? Principalmente, sin duda, porque en esos últimos países la población india es no solamente mayoritaria sino, sobre todo, a diferencia de la de los otros países, socialmente disciplinada en el trabajo organizado dentro de un sistema de dominación y de explotación. Estos países, como México y Perú, fueron precisamente las sedes centrales del imperio colonial español, mientras Argentina, Chile y Uruguay fueron marginales antes de mediados del siglo XVIII.

  El asimilacionismo cultural es la política que se ha procurado sostener desde el Estado, por medio del sistema institucionalizado de educación pública. La estrategia, por lo tanto, ha consistido y consiste en una asimilación de los indios en la cultura de los dominadores, que suele ser también mentada como la “cultura nacional”, mediante la educación escolar formal, sobre todo, pero también por el trabajo de instituciones religiosas y militares. Por eso, en todos estos países, el sistema educativo pasó a ocupar un lugar central en las relaciones entre indio y no indio, fue inclusive mistificada y mitificada en ambas partes, y no hay duda de que en países como México o Perú, más en el primero después de la Revolución Mexicana, de todos modos en ambos más que en los otros países, fue un mecanismo de desindianización subjetiva, cultural si se quiere, de una parte no desdeñable de la población india.

TRAYECTORIA DEL ACTUAL MOVIMIENTO INDÍGENA

  En la partida es pertinente hacer notar que el actual movimiento indígena es la más definida señal de que la colonialidad del poder está en la más grave de sus crisis desde su constitución hace 500 años.

  Por supuesto, las poblaciones sobrevivientes de las derrotadas sociedades e identidades históricas anteriores, no aceptaron   inmediatamente nombrarse indias. Algunas resistieron admitir la derrota y la desintegración de sus sociedades y de sus identidades históricas durante todo un medio siglo, como una parte de los incas del Cusco. Todavía hoy muchos grupos reivindican o vuelven a reivindicar los nombres particulares de sus antiguas identidades históricas (hoy colonialistamente admitidas apenas como “etnicidades”).

  Y es probable que en adelante varios otros nombres regresen a la nomenclatura de esas poblaciones, e inclusive que la hoy tan extendida tentación identitaria lleve a que sean reinventadas algunas identidades para ser recubiertas por esos nombres.

  Empero, la consolidación, el desarrollo y la expansión mundial de la Colonialidad del Poder probaron ser procesos de excepcional vitalidad histórica. Pudieron sobrevivir algunos de sus nombres y jirones de sus memorias históricas, pero todas aquellas sociedades e identidades, o peoplehoods, terminaron desintegradas y sus poblaciones sobrevivientes y sus descendientes admitieron esa derrota y la nueva común identidad colonial, la cual, obviamente, ya no implicaba ningún peoplehood. Trescientos años después de la Conquista, al comenzar el periodo republicano, todas eran indias. Y durante los dos siglos siguientes, esa identidad colonial se mantuvo. Podría decirse, sin arriesgar mucho, que para una parte mayoritaria de esas poblaciones, esa identidad había terminado siendo admitida como natural.

   Sus dos primeros grandes momentos de crisis fueron, primero, la revolución de Tupaj Amaru en el Virreinato del Perú, en 1780, que fue derrotada, pero dejó graves secuelas para el destino del poder colonial y poscolonial. El segundo fue la revolución en Haití, en 1804, bajo la conducción de Toussaint Louverture, sin duda la primera gran revolución global del periodo de la colonialmodernidad, que al mismo tiempo, en el mismo movimiento histórico, produjo una victoriosa subversión social (esclavos contra amos), anticolonial (derrota del colonialismo francés), nacional (formación de la nacionalidad haitiana), y una de porte global, el primer momento de la desintegración de la colonialidad del poder (negros contra blancos). Los posteriores avatares del proceso haitiano, de sobra conocidos, mellaron las potencialidades de la revolución, pero no disminuyen el significado histórico de aquella gesta excepcional.

  Es necesario tener en cuenta, a este respecto, que bajo el Estado Oligárquico la abrumadora mayoría de la población llamada india en América Latina era rural, aunque en la ciudad como en el campo, el régimen de dominación del cual eran víctimas era señorial. Esto es, la condición social de la mayoría de los indios era la servidumbre, doméstica en las ciudades y agrario-doméstica en el campo.

  La cuasi universal servidumbre de los indios fue consecuencia del despojo continuo de sus tierras en favor de los no-indios, desde el comienzo mismo de la era republicana. Durante la Colonia, junto con la eliminación formal del sistema de encomienda, y como un modo de control de las poblaciones indias, la corona  dispuso que se les otorgasen tierras para sembrar y para residir, como zonas de exclusiva propiedad y residencia indias.



  La extensión de esas tierras fue diversa según las zonas. Pero no fue poca en ningún caso. En el Perú fueron muy extensas y en Bolivia aún mucho más. Tras la derrota de los españoles, Simón Bolívar decretó para todo el exvirreynato del Perú, que las tierras de las comunidades indígenas fueran privatizadas y mercantilizadas. Sin embargo, durante la mayor parte del siglo XIX, las comunidades indígenas de las repúblicas andinas, mantuvieron el control de la mayor parte de las tierras que les fueron adjudicadas durante el Virreinato.

  El despojo recomenzó a fines de ese siglo, como una de las consecuencias de la apropiación de minas, plantaciones y haciendas por parte del capital estadounidense.

Y se acentuó y expandió en las tres primeras décadas del siglo XX, reprimida y derrotada sangrientamente la resistencia del campesinado indígena, forzando a la mayoría de las poblaciones indias a someterse a la servidumbre. Lo que se ha denominado el Estado Oligárquico, basado en las relaciones de dominación inherentes a la colonialidad del poder, fue fortalecido en esos procesos. En México la resistencia del campesinado indígena convergió con la disputa por el control del poder en el seno la propia burguesía y de las capas medias, dando lugar a la Revolución Mexicana.”

GLOSARIO
Indígena : Persona perteneciente a un grupo caracterizado por rasgos culturales de origen prehispánico y con una economía de autoconsumo, en áreas previamente establecidas.

Afrocolombiano: persona que presenta una ascendencia africana reconocida y que poseen algunos rasgos culturales que les da singularidad como grupo humano, comparten una tradición y conservan costumbres propias que revelan una identidad que la distinguen de otros grupos, independientemente de que vivan en el campo ó en la ciudad. También son conocidos como pobación negra, afrodescendientes, entre otros.

Etnia: grupo humano que comparte y reconoce como propias ciertas características culturales específicas, que
determinan su identidad (ethos) frente a otros colectivos.

Pertenencia étnica: es la pertenencia de las personas a uno de los grupos étnicos reconocidos en el país los  cuales tienen un conjunto de características socioeconómicas y culturales como el idioma, la cosmovisión, formas de producción, relaciones de parentesco, etc., frente a grupos con particularidades diferentes.

Material usado sin ánimo de lucro.

Ciberbibliografía
1.   Quijano, Aníbal. EL “MOVIMIENTO INDÍGENA” y las cuestiones pendientes en América Latina.


2. Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). La visibilización estadística de los grupos étnicos colombianos.